Cuaderno Sonoro #5. ‘Riot meets reggae’ o ‘Cuando Hollie encontró a Ari’

La canción que espolea este texto habla de anhelo, de añoranza que es huracán. De recuerdos que perviven, del latido que no cesa. Ari Up conoció a Hollie Cook cuando esta era una niña. Su complicidad musical cristalizó cuando la hija del baterista de los Sex Pistols pasó a formar parte de las Slits en 2005, con los 19 ya cumplidos.

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Trato de recrear un ensayo con Ari Up y compañía, y la veo desparramando genio y locura. Brava debía ser la mujer que, junto con otras tres fieras, fundaron en 1976 the Slits, una banda de punk de la que sobran presentaciones. Las Slits con Ari Up al frente no se cortaron en hacer los que les daba la gana, pasar del punk barroco, al ruido, al reggae. Crear escuela y actitud.

[atención pregunta: ¿quién es esa mujer que baila con Ari Up en el escenario?]

Y en ese cruce entre el espíritu riot y el reggae se concibieron versiones hasta la fecha impensables, al menos en esos términos escénicos en UK, como ‘Man next door’ cuyos aullidos y cacareos impregnan el dub de un aroma inequívoco (para muestras, el vídeo). Imagino a esa chica de 19 años cultivándose en ese caldo, aprendiendo de quien se había forjado a base de desafíos.

Hoy esa chica le canta a Ari Up una bella canción. A la chica, igual que a la maestra y amiga, les pone eso del reggae. Cuando la escucho casi puedo ver la silueta de una figura que salta y hace aspavientos, como alrededor de una hoguera invocando a la tormenta. The beat of your heart lives.

Cuaderno sonoro # 3. De chicas y grupos.

Escribí este texto participando en un taller de escritura de Helvéticas. Todo empezó en una intervención dentro del programa de radio Barrio Canino. Hoy lo comparto y brindo por el debate. ¿Nos ponemos a ello?

Estábamos en plena entrevista. Mis orejas ardían bajo los cascos, y los nervios habían ido poco a poco soltándose. Las risas, las miradas amables, la rapidez del ritmo, y ese micrófono delante de mi boca. Bueno, dinos qué opinas, ¿te parece que hay machismo en el mundo de la música independiente? Me paraliza la gigante pregunta. Uf – digo– eso es algo a lo que no se puede responder así rápidamente. Pero sí, claro que hay machismo. Enseguida pienso en mis compañeros de grupo, de ensayos, de mil aventuras y desventuras. Y me preocupo un poco. No quiero hacerles daño. Pero igual que yo misma no estoy exenta, mis compañeros y mis amigos tampoco. Que yo sepa, no existe tal coto libre de machismo, ese reducto donde mujeres y hombres no arrastramos ni ejercemos convenciones tan dominantes en el resto de espacios. Y con esto no hablo del término en un sentido burdo que ni yo ni mi círculo de confianza consentiría de ninguna forma. Mis amigos lo son porque me tratan bien. Pero para empezar, hay que reconocer la evidencia. Las mujeres somos minoría en los locales de ensayo, en los escenarios. O por lo menos lo hemos sido casi toda la vida y ahora parecemos asistir a un cambio.

Me cuesta mucho nombrar los desafíos que yo, como cualquier otra mujer, enfrento en la cotidianidad del hacer musical a escala casera (que es la única que conozco de cerca). Pero algo dentro de mí sabe que esto es así. Y al hilo de Elena Cabrera, es algo de lo que hay que hablar, por la cuenta que nos trae. Y no es fácil. Porque todo esto va mucho más allá de que mis compañeros me valoren, me quieran, me traten de igual, me consta que así es. Hay ciertas preguntas, bien golosas, a las que habría que hincar el diente. Cuestiopunkmarilynnes que van desde obviedades como ¿Si no me visto sexy o estrambótica para actuar, soy menos apetecible incluso artísticamente? ¿Una bajista es deseable porque es una virtuosa del “sin trastes”, o lo es por su rareza, como lo serían un leopardo de las nieves? Que conste que no pretendo deserotizar la música, que para mí, es pura sensualidad, pero hay ciertos imaginarios que presionan a la hora de desplegar nuestra auténtica personalidad artística. Otras preguntas se entrelazan en sutilezas como ¿Si en nuestros debates tiendo a escuchar más que a hablar, ¿es por mi forma de ser o porque en ambientes con exceso de hombres es mucho más difícil meter baza y me he acostumbrado? o, si en algún momento he sentido que soy poco insistente en aportar mi yo musical en el grupo, ¿es una forma de enriquecer al proceso colectivo o de mantenerme más cómodamente en segundo plano? ¿esto me da igual o me molesta? Existen también temones que quisiera compartir con otras chicas como, por ejemplo, ¿nos gusta ser diferentes al resto? ¿Originales, no asociadas a lo tradicionalmente femenino? ¿Por qué? ¿Cómo hacer música puede no pertenecer al espacio de las mujeres y/o suponer salirse la norma en algún momento? Porque asumir que la música está más alejada de la órbita femenina de forma natural me parece una teoría esperpéntica.

Y con permiso, un paralelismo. Chimamanda Ngozie Adichie, quien en su última novela escribe sobre el racismo y la negritud, abre la siguiente pregunta para desarmar el discurso de los blancos que niegan el racismo: al no haber conseguido ese trabajo, haber recibido un mal trato en una tienda, etc…¿cuántas veces te has preguntado que esto se debía al color de tu piel? Hago un poco esta llamada para que los hombres que lean este texto entiendan nuestra inquietud. A mis queridos compañeros con los que espero seguir compartiendo muchos años, ¿alguna vez, para cualquier cosa relacionada con algunas de las preguntas lanzadas, habéis pensado que el ser hombre pueda tener algo que ver? Yo sí. Aquí y en casi todo lo que hago. No es paranoia, no es autocomplacencia, ni es mirarse el ombligo. Es que las mujeres, en la música y en otros tanto lugares, aún vivimos en la frontera.

Cuaderno Sonoro # 2. Aisha, dulce fuerza.

Madrid 2009. En una sala madrileña donde para el plato fuerte de una noche de reggae está Mad Professor acompañado de su fiel Aisha. Suave cantando, robusta moviéndose de lado a lado del escenario. Implacable en sus melodías e interpretación. En el camerino, el encuentro entre grandes artistas y bandas locales. Recuerdo la algarabía, la risa en el centro de la habitación rectangular. En el extremo, ahí estaba ella. Observando calladamente, como quien vigila los niños jugar. Atravesé el bullicio de ese pequeño espacio y me acerqué a ella. Le dije, tímidamente, que era un honor concidir con ella. Sonrió seria, si es que eso puede ser. Se me escapó sin pensar. Le pregunté si, como mujer, había sido muy difícil para ella nacer y crecer en la música reggae. Aisha, esa niña criada entre altavoces y micrófonos del sound system de su padre. Esa ‘Daughter of Zion’. Aisha, la consagrada, respondió secamente. Sí, era muy difícil. Me miraba desde arriba, con su barbilla apuntando al techo del camerino. No sé si era más alta que yo, pero mi sensación era la de estar ante un gran cuerpo. Macizo. Si cierro los ojos y escucho a Aisha, la experiencia es totalmente distinta. Se pasea con dulzura por ritmos machacones y sintetizadores, pura melodía sin adornos. Sus fraseos se repiten oníricamente y cuando casi susurra las mujeres somos supervivientes, llevamos una pesada carga, envuelve. Pero verla impávida rodeada de todos esos hombres ese día transformó mi forma de escucharla. ¿Y por qué la dulzura ha de estar contrapuesta a la determinación y la firmeza? Aisha es prueba de que nuestros imaginarios a veces se equivocan en sus composiciones. Imagino a esa niña empezando a cantar a los 8 años. La adolescente continuando en la senda del sound system lanzando lírica para Lock City. La joven consiguiendo ser una de las coristas de Capital Letters en 1979. Conociendo, por suerte, a Mad Professor pocos años más tarde. La imagino haciendo todo eso y preguntándome cómo fue ese camino. Tecleo en google “aisha reggae singer feminism” y no encuentro nada. Tampoco apenas hay resultados si escribo “aisha reggae singer interview”. Así que no sé si considera su opción feminista o no. Sus letras hablan sobre todo de esa dimensión espiritual, que en mi caso y sin concebirme dentro de ninguna religión, me llevan al ensoñamiento, al trance. Pero sin duda habla de ella, indaga en sus miedos, sus fuerzas, sus deseos. Quisiera poder charlar con ella, que me contase eso de lo que, al parecer, nadie le ha preguntado (o difundido). Al menos tengo ese puñado de palabras entre bambalinas.

[Parte de este texto iba a ser el arranque del artículo ‘Reggae Sista: Heavy Load’ publicado en Periódico Diagonal pero tuvo que ser eliminado por motivos de espacio. Afortunadamete, he encontrado el tiempo y espacio para dedicarle unas líneas. ]